«Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma.» -Cicerón

    Antología Privada

    Manuel Gahete Jurado

    Presidente de la Sección Andaluza de la Asociación Colegial de Escritores de España

    Muchas han sido las aportaciones sobre la relación entre naturaleza y arte, pero lo cierto es que, aun basándose en principios vitales referidos al ser humano, existe una delgada línea roja que los separa y considero pertinente basar en la sentencia de Marc Chagall cuando afirma que el arte es un estado del alma. Sustancialmente conforme con el pintor francés de origen bielorruso, el arte en su extensión más amplia nos ilumina para expresar lo inexpresable, no siempre sujeto al mismo estado de consciencia porque, en su abstracción o iluminación, afloran fantasías, sueños y deseos conculcados.

    Es evidente que, en la obra de Carlos Pérez, se concitan los elementos más acordes para construir un universo creativo, como si en su existencia se infiltrara por necesario orden el tópico horaciano Ut pictura poiesis. Aunque nos remitamos a Horacio que razonaba, con evidente acierto, cómo encontramos en poesía y en pintura obras que resultan comprensibles frente a otras mucho más esotéricas, lo cierto es que pintura y poesía tienen en común una capital experiencia estética, el goce o el asombro experimentados por el lector o el espectador ante lo que podría considerarse sublime y ajeno a la cotidianidad, por mucho que Aristóteles pretendiera que el fin esencial del arte fuera la imitación de la naturaleza. En algún momento, otro genio del pensamiento, el británico Oscar Wilde, subvirtió el concepto para confesar que la naturaleza imitaba al arte. Horacio ya declaraba «así es la poesía como la pintura», aunque fuera poesía muda y pintura ciega la poesía, según Leonardo da Vinci cuando afirmaba que la pintura es poesía que se ve sin oírla y la poesía es pintura que se oye y no se ve.

    Carlos Pérez nos revela desde el principio de su Antología privada las claves que informan la capitalidad de su poesía: «Para los hermanos Pérez Almeda, que me iniciaron en los caminos del arte: Enrique, mi padre, que me hizo amar cuanto me rodea y apreciar la luz y el color; y Antonio, mi tío, que me guio con pasos seguros por la selva de la literatura». Carlos lleva en sus genes la poderosa materia de la creación artística y así lo demuestra en esta selección de poemas, donde el poeta se muestra pleno de pasión, dominio del verso, conocimiento clásico y un acervo selectivo de lecturas integradas.

    Antología privada recoge poemas extraídos de los libros Memoria de la luz (1992), Ruegos y preguntas (1993), Llamada de la tierra (1995), Panteón interior (1997), Temblor (2000) y Razón de convivencia (2006), a los que se suman algunos poemas inéditos, siendo especialmente significativos «Entrevista» y «Visita en Torija», incardinados a la perfección en este proyecto antológico y dedicados respectivamente a la guía y memoria de su padre Enrique y su tío Antonio, pintor y poeta en un tándem armónico.

    El metro preferido por Carlos Pérez es el soneto, poema estrófico predominante en el Siglo de Oro utilizado con insuperable maestría por los más grandes autores de nuestras letras (Garcilaso, Herrera, Góngora, Quevedo y Lope), aunque –como ocurría en el Neoclasicismo y el Romanticismo– en la época actual no se considera piedra de toque para casi nadie, tal vez porque estamos acostumbrados a la facilidad del todo vale o la extrema urgencia de las redes donde todo perece casi al mismo tiempo de nacer. Pero esta negligencia no obvia para aseverar, con el poeta y crítico francés Nicolás Boileau, que «un sonnet sans défaut vaut seul un long poème». Dámaso Alonso, en sus Ensayos sobre poesía española, afirmaba rotundamente: «… pasarán los años y los años, irán modas, vendrán modas, y ese ser creado (…) nada en suma, dos cuartetos y dos tercetos, seguirá teniendo una eterna voz para el hombre, siempre igual, siempre nueva, pero siempre distinta». Y es que no puede ser de otro modo cuando lo han cultivado las más geniales personalidades poéticas (Dante, Ronsard, Shakespeare) y los autores contemporáneos más significativos (Rubén Darío, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Miguel Hernández, Blas de Otero…). Ningún poeta que se precie puede eludir este reto singular y refrescante, esta forma de emoción que integra en catorce versos las ideas más complejas, las emociones más vehementes, los pensamientos más sutiles. No sin razón Carlos elije esta forma métrica para componer cincuenta y uno de los sesenta y tres textos que integran la antología y juega magistralmente con las combinaciones más complejas, entrelazando sabiamente los acentos estróficos con los extrarrítmicos y antirrítmicos para conseguir arriesgados efectos.

    Además de los valores formales, todo poema tiene una dimensión conceptual inalienable. Como advertía Horacio, la inteligibilidad de la poesía, o la pintura y las artes en general, no es siempre análoga. Varía dependiendo de diferentes factores extraídos de la personalidad, el ambiente, la educación o los condicionamientos, esas circunstancias de las que hablaba Ortega y Gasset configurando la realidad de unos individuos frente a otros. Por ello, lo que para unos es explícito se convierte para otros en oscuro misterio. Todo depende de cómo aprehendemos la necesidad de ser y el deseo de conocer, el mayor o menor alcance de nuestras aspiraciones y, en último pero cardinal extremo, la intención con que nos acercamos a la obra de arte. Si optamos por el mero divertimento o, mejor, por el legítimo afán estético que nos transmite la obra de arte probablemente encontremos grato el lenguaje metafórico, la distorsión de significados y el ámbito onírico, aunque no lleguemos a comprenderlo en su plena conceptualización. Si lo que buscamos es una afinidad emocional, nos dejarán indiferentes o incluso nos producirán cierta alergia intelectiva las obras de arte que trasciendan la realidad conocida hasta convertirse en modelo simbólico o hipertexto literario, obligándonos a un esfuerzo intelectual para el que quizás no estamos preparados; o bien, en sentido contrario, aquellas que nos transmiten ideas vagas, formulaciones baladíes o contenidos faltos de valor. Pero hemos de tener en cuenta que la poesía –el arte en general– requiere procesos de abstracción que exceden el mero solaz y su objeto no es científico sino materia sensible que alcanza aquellas zonas de la imaginación donde lo racional zozobra. Si bien es cierto, como afirmaba Aristóteles, que nada hay en la inteligencia que no haya pasado por los sentidos y, como más tarde apostillaba Leonardo da Vinci, todo conocimiento comienza por los sentimientos, en el terreno del arte, la razón encuentra límites infranqueables que no afectan a la emoción, mucho más difícil de explicar e interpretar.

    Carlos Pérez estructura en cuatro partes su obra: «Sombras», «Latidos», «Versos» y «Recuerdos». Sumergiéndose en la propia individualidad, «Sombras» nos remite a la obsesiva dialéctica del hombre frente a sí mismo, a ese otro yo, tan desconocido a veces como cercano, al que no llegamos a vislumbrar porque escapa de lo que somos o pretendemos ser. Una espléndida décima inaugura esta primera sección de la antología privada, una curiosa etopeya que marca el proceso deconstructivo de una exploración hacia el centro del alma. En esta primera sección, Carlos Pérez se adentra en el conocimiento de su intimidad –nosce te ipsum, como advertían los clásicos–, la cosa más difícil del mundo según Tales de Mileto, asumiendo en esta ardua misión todas las contradicciones que a veces no entendemos o no sabemos comprender: «Solitario frente al mundo / uno se siente extraño», «un hombre / extrañamente ajeno a su destino». Temblor, combate, soledad, herida, sombra, pasión, incertidumbre, muerte, todo al final ¡cómo ignorar a Góngora! es «cita con la tierra, polvo, nada».

    Y venciendo a la muerte –«polvo serán, más polvo enamorado», Quevedo huraño pero siempre lúcido–, los poemas de amor, bajo el marbete íntimo que nos conduce al corazón, donde latir es fuerza de vivir, la resiliencia tácita que nos enardece y nos sublima frente a la explícita hostilidad del mundo. ¿Qué poeta se ha resistido a hablar de amor? En esa pintura ciega todas las luces se encienden y en cada ser humano fulge con disímil ánimo el rito o juego del amor. No es fácil mantener esa llama viva porque hasta el fuego más poderoso se templa con el tiempo, pero si no se intenta la cotidiana reconquista de perdonar y ser perdonado, otro beso más frío, el de la muerte, se cierne imperturbable con ansia mucho más devoradora.

    «Versos» es el título de la tercera serie de poemas, un conjunto orquestado como homenaje a la poesía, la ciudad de Córdoba y los poetas que han dejado en el autor huellas indelebles: el conceptista Quevedo, el simbolista Rimbaud, el extravagante Valle Inclán, el novecentista Antonio Machado, los hombres del 27 García Lorca y Emilio Prados, el poeta del 36 Miguel Hernández, el nobel chileno Pablo Neruda y el numinoso Antonio Almeda. El recurso de los homenajes poéticos es bastante usual en la literatura. No son escasos los autores que dedican a otros sus poemas e incluso los escriben pensando en las personas a quienes se van a dedicar. Este gesto es muy frecuente en el Siglo de Oro, sobre todo dedicado a personajes nobles a los que había que rendir pleitesía y gratitud. E igualmente usual, por razones afectivas, entre los creadores del 27 y el grupo cordobés Cántico, hasta el punto de que Ricardo Molina escribe un libro con el título Homenaje. En el caso de Carlos no se trata meramente de un acto cortés o admirativo: cada poema transcribe el espíritu del poeta al que se evoca trasmitiéndonos una visión personal, fruto del conocimiento y la intuición.

    Rainer Maria Rilke afirmaba que la verdadera patria del hombre es la infancia y este dictamen casi normativo se revela en el cuarto apartado de la antología privada que el poeta nos ofrece en un alarde de saber incorporar al erario contemporáneo el tesoro de la tradición. Bajo el epígrafe «Recuerdos», el poeta atrae desde el pasado, como si de un daguerrotipo se tratara, algunas de las imágenes que quedaron grabadas en el intelecto asidas por la emoción. Dedicado a su madre, el poema «Fotografía» –y prácticamente todos los que integran la serie evocadora– pretende recuperar con tono esencialmente elegíaco, proclive al ubi sunt manriqueño, al niño aquel ya casi desaparecido en el trasiego de los años («Los juegos, los deberes, ¿dónde quedan (…) / Recuerdos del ayer ¿Dónde se hospedan? / ¿En qué perdidas grutas del pasado…?»). Y de igual manera las calles y lugares de Málaga, ciudad del paraíso. Y para cerrar este preciado álbum de recuerdos, la memoria del padre, Enrique Pérez Almeda, y su voz en un discurso apasionado que permite recobrar la alegría, porque «en medio de la sombra hay algo hermoso», lo que nunca sabríamos si hubiéramos conocido solamente la luz.

    La poesía de Carlos Pérez Torres es aliada de la precisión, del ritmo y de la emoción. En esta Antología privada el autor reúne poemas escogidos de entre su mejor producción, predominando los textos de factura clásica, un camino que a él siempre le ha gustado explorar, desde sus primeros libros en los años 90 (con títulos como Memoria de la luz, o Ruegos y preguntas), hasta su época más madura en los años 2000 y libros como Temblor o Razón de convivencia.

    El volumen se completa con material inédito escrito desde 2006 hasta la actualidad, y un modesto archivo gráfico que deja bien claras las vinculaciones sentimentales que para el autor tienen las dos bellas artes de la pintura y la literatura.

    Escritor
    Idioma
    • Castellano
    EAN
    9788494968648
    ISBN
    978-84-949686-4-8
    Páginas
    108
    Ancho
    15 cm
    Alto
    21 cm
    Edición
    1
    Nivel de lectura
    Lectura recreativa
    Fecha publicación
    09-08-2019
    Tapa blanda
    15,00 €

    Sobre Carlos Pérez Torres (Escritor)

    • Carlos Pérez Torres
      CARLOS PÉREZ TORRES (Málaga, 1958) es poeta y narrador. (carlos1958_42@yahoo,es) Diplomado en Formación del Profesorado, Especialidad Filología. Universidad de Málaga, 1979. Licenciado en Filosofía y Letras, Especialidad Filología Inglesa. Universidad de Málaga, 1988. Clases en E... Ver más sobre el autor

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